
Cuando se habla de pareja, generalmente
hacemos referencia a la relación que mantienen un par de personas debido a sus
emociones. Es decir, nos referimos a una relación con un proyecto afectivo
común, con independencia del grado y la amplitud del compromiso, el modelo
elegido para desarrollar la relación, o los distintos contenidos que se vayan
sumando a lo largo de la misma.
Adquirir compromisos emocionales y personales
con otra persona significa implicarse en su vida, en sus intereses, sus
actividades, su entorno afectivo y su desarrollo personal. No significa firmar
papeles. El compromiso es algo que se construye poco a poco sobre la base de la
voluntad de implicarse en la vida de la otra persona. El compromiso no es una
etiqueta, es una forma de hacer nuestros los intereses de la otra persona. Si
el compromiso es libre y voluntario es sólido, si el compromiso está generado por
las expectativas, las normas, las falsas creencias, etc. se vaciará de
contenido a la menor contrariedad.
Generalmente solemos comprometernos con
aquello que nos identificamos o bien con aspectos que entendemos importantes
para las personas que queremos, aunque no nos identifiquemos con ellos. De ahí
que pueda diferir la amplitud y el grado de compromiso de una pareja, así como
sus contenidos. Sin duda, cuantos más contenidos y mayor sea el compromiso,
mayor solidez tendrá la relación.
Uno de los contenidos importantes de la pareja
es la sexualidad. La sexualidad compartida puede tener lugar en la relación de
pareja desde un primer momento debido a un atractivo mutuo inicial, o bien
incorporarse después a medida que existe mayor comunicación y predisposición a
compartir la intimidad del otro. De nuevo, el grado de implicación, de
comunicación y la amplitud con la que se comparte la sexualidad varía mucho de
unas parejas a otras.
Muchas veces las causas de la separación están
motivadas por un mal entendimiento en el ámbito sexual, la insatisfacción y la
vivencia limitada de nuestras necesidades. En estos casos hay que ver qué
posibilidades tiene la pareja de mejorar su comunicación, su interacción y sus
contenidos. Será conveniente evaluar las afinidades, la participación de una
cultura sexual común. Es importante saber si esas dificultades o carencias se
han dado siempre o son circunstanciales.
En estos casos no es conveniente dejar que
pase el tiempo, pretendiendo que ya se solucionaran los temas, porque lo más
probable es que se cronifiquen y, además, actúen muy negativamente en la vida
de cada uno de los individuos que conforman la pareja, invadiendo otros ámbitos
como son la actividad laboral, nuestra capacidad de disfrutar de los ratos de
ocio, de compartir cariño, etc.
Es bien sabido que una sexualidad compartida
amplía y enriquece la sexualidad del individuo si se dan las condiciones
necesarias para ello, como son: una buena comunicación, una actitud positiva a
explorar lo nuevo, una capacidad afectiva madura, una disposición activa a
aprender juntos, etc. Pero también puede ser negativa si existen ciertas
condiciones perjudiciales como pueden ser la inseguridad, la desconfianza, los
celos, la falta de respeto por la intimidad del otro, un afán posesivo, el
egoísmo, la ignorancia, unida a la falta de interés por ampliar o modificar
ciertas creencias, etc.
Cuando la rutina forma parte de nuestra vida
sexual, la inhibición del deseo es una reacción bastante habitual. En estos
casos, cabe el peligro de que deseemos obtener el placer en lo nuevo, buscando
un cambio de pareja. Sin embargo, la amplitud e intensidad del placer no es una
sensación que vayamos a obtener con el cambio continuo de pareja. Probablemente
lo que obtenemos con la variedad de parejas es satisfacer un determinado grado
de placer de forma reiterada.
Dicho esto, sin embargo, conviene aclarar que
si una pareja no nos va en el terreno sexual, el cambio puede proporcionarnos
un tipo de placer que no obteníamos antes. Pero, en aquellos casos en los que
se ha producido un cambio desde el comienzo de la relación, en la que sí
obteníamos placer, hasta el momento actual en el que no obtenemos el placer
deseado, seria conveniente que nos planteáramos si nuestra actitud hacia el
placer es la adecuada. Es decir, si nuestra concepción de la sexualidad, de sus
contenidos y de las formas de obtención del placer son lo suficientemente
amplias y ricas como para extraer todo el provecho posible a la relación.
Es muy probable que una concepción y vivencia
pobre, demasiado simple, de la sexualidad, del placer, de las sensaciones, de
las posibilidades, etc., nos lleven a una rutinización casi mecánica de nuestra
actividad sexual, con lo que al cabo del tiempo se convertirá en algo sin
motivación, sin el factor de la curiosidad, de la exploración y de la
excitación del juego cuando continúan presentes elementos de sorpresa y de
aprendizaje.
En definitiva, son necesarias ciertas
habilidades sociales par estar en condiciones de que una relación de pareja
funcione correctamente. Estas habilidades las aprendemos en el transcurso de
nuestra educación familiar, escolar, de amigos; de nuestras experiencias y de
nuestra formación. Es normal que existan deficiencias en nuestra información y
creencias, dado que no es extraño que hayamos padecido una educación
incompleta, insatisfactoria o errónea. Estas deficiencias están presentes en
nuestras habilidades sociales para relacionarnos con "el otro". Si no
somos conscientes de ellas, probablemente caeremos siempre en el mismo tipo de
errores o dificultades. Una vez que tomamos conciencia de qué falla en nuestro
comportamiento, podemos desmontar las partes erróneas de nuestro aprendizaje y
APRENDER de nuevo el modo adecuado.
En estos casos la consulta con un profesional
nos puede ser de mucha ayuda, ya que nos va a facilitar que encontremos el
enfoque adecuado y las pautas de sustitución de falsas creencias y modificación
de actitudes erróneas, desarrollando o mejorando nuestras habilidades sociales.
© Dolores Salinas 2004
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